Y así una vez más sucedía frente al espejo: su cuerpo aparecía deforme y desgastado por tanto ¿mal?trato. El daño era por sí mismo entregado casi como un regalo maléfico desde lo más alto de su (in) conciencia.
Al comienzo, el falso optimismo le hacía recordar viejos tiempos, en donde la figura acompañaba muy bien las diferentes piezas textiles confeccionadas con las más altas/bajas/medianas telas.
Luego, el espejo hacía su trabajo. La verdad imperaba en la imagen y todo lo bello que pudo recordar, ahora sólo se iba convirtiendo de a poco en una tétrica fealdad, digna de vendas en los ojos.
Unos pequeños golpes sobre su abultado abdomen, manifestaban su descontento. Las uñas seguían en la lista. Cuidadosa, pero dañinamente, las deslizaba por su pecho, logrando que largas líneas rojas se formaran a pocos segundos. Todo sin dejar huellas. El escote esperaba más tarde.
¿Y las piernas?. ¡Oh! ese era un festín para sus puños. Esos hoyitos que las adornaban la hacían vomitar. Las rayitas blancas que decoraban notoriamente sus muslos era algo que exasperaba a la del otro lado del espejo.
Y ahí se acercaba el minuto del perfil. Una vez más las lágrimas encolerizadas subían al escenario y bajaban bailando tap sobre la grasa acumulada.
El desfile de cómida rápida le hacía temblar y las miradas acusadoras (y también las que ella imaginaba) terminaban por ahogarla en la mayonesa de la promoción.
- ¡Hey!. Si lo que importa es lo de adentro.
- Sí. Claro.















































